
Tras más de 50 años sin regresar a territorio lunar, la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) avanza en su programa de exploración. La misión Artemis II se cumplió con éxito al permitir enviar astronautas alrededor de la Luna por primera vez en más de medio siglo.
Esta acción no incluyó alunizaje, sino que funcionó como una prueba clave para validar tecnologías y sistemas necesarios para futuras expediciones tripuladas. A su vez, fue una travesía clave para el estudio del lado oscuro de la Luna y estudios de su superficie.

El objetivo final de la NASA es sentar una base en la Luna de forma permanente. El administrador de la agencia, Jared Isaacman presentó planes para realizar un alunizaje tripulado al año desde 2028; y la quinta misión Artemis (prevista para finales de ese mismo año) podría marcar el inicio del gran sueño de tener presencia sostenida en el satélite natural de la Tierra.
Para llegar a ese ambicioso fin la NASA necesita trabajar sobre módulos de aterrizaje que permitan que los astronautas desciendan. Al no tener la tecnología suficiente, la agencia contrató a las empresas SpaceX, de Elon Musk, y Blue Origin, de Jeff Bezos, para que los construyan.
La mala noticia es que estos ambiciosos desarrollos están muy retrasados en su agenda de construcción. El desafío no es menor: los nuevos módulos de aterrizaje deben transportar una gran cantidad infraestructura (equipos, rovers presurizados, los primeros componentes de una base). Por lo cual, los desafíos físicos y tecnológicos son enormes.
El próximo paso: la próxima misión Artemis III, prevista para medidados de 2027, está diseñada para probar cómo acopla la cápsula de tripulación Orión en órbita terrestre con uno o ambos módulos de aterrizaje.