Salud

Medir tus datos de salud: beneficios, obsesiones e interpretación

Los wearables —relojes inteligentes, anillos y bandas de actividad— pasaron de ser un gadget de nicho para deportistas de élite a un accesorio cotidiano, y cada vez más personas monitorean parámetros de su salud con la ayuda de estos objetos. ¿revolución en la medicina preventiva o moda impulsada por el marketing?

Medir tus datos de salud: beneficios, obsesiones e interpretación

En la última década, la frontera entre el cuerpo humano y la tecnología se ha vuelto casi invisible. Lo que comenzó como un contador de pasos rudimentario se ha transformado en un ecosistema de anillos inteligentes, relojes de alta precisión y bandas biométricas que prometen descifrar los secretos de nuestra fisiología.

Sin embargo, al observar el panorama actual, surgen cuestionamientos: ¿estamos ante herramientas de salud preventiva sin precedentes o ante una obsesión por la cuantificación que genera más ansiedad que bienestar?

La gran victoria de los wearables es, sin duda, la concienciación. Tal como sugieren portales especializados en salud y estilo de vida, estos dispositivos actúan como un espejo de nuestros hábitos. Antes, un individuo solo conocía su presión arterial o su frecuencia cardíaca durante una revisión anual; hoy, puede monitorizar su Variabilidad de la Frecuencia Cardíaca (VFC) en tiempo real mientras toma un café.

Este flujo constante de datos permite identificar patrones, por ejemplo, para detectar cómo el consumo de alcohol o el estrés laboral afectan la calidad del sueño profundo. También brindan motivación conductual: el “gamification” de la salud (completar anillos de actividad o retos de pasos) ha demostrado ser efectivo para combatir el sedentarismo en poblaciones urbanas. Además, pueden ser una herramienta de detección temprana, especialmento aquellos dispositivos con la capacidad para realizar electrocardiogramas (ECG), que permitieron identificar casos de fibrilación auricular en personas que se consideraban sanas.

Según afirman especialistas del sector, la creencia de que nuestro comportamiento individual puede influir en nuestra salud es una de las principales razones del auge de estas prácticas. “Solo el 25% de nuestra esperanza de vida se puede explicar realmente por la genética, lo que alimenta la idea de que, si cuidamos nuestros hábitos, podemos tener una vida más saludable“, cuenta Filipe Barata, investigador senior en el Centre for Digital Health Interventions (centro de intervenciones digitales en materia de salud) del Instituto Federal de Tecnología ETH de Zúrich.

Según Grand View ResearchEnlace externo, el mercado de wearables podría duplicar sus cifras con creces en los próximos cinco años, pasando de 60.900 millones de dólares en 2024 a 162.700 millones. Además, el sector cuenta con el respaldo de responsables políticos. En julio, el secretario de Salud y Servicios Humanitarios de EE. UU., Robert F. Kennedy Jr., lanzó una campaña para animar a la población estadounidense a usar wearables, y en septiembre la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) aprobó el uso del Apple Watch fue aprobado como dispositivo de grado médico para detectar la hipertensión.

Las personas interesadas en monitorizar sus datos de salud disponen hoy de una amplia oferta en cuanto a marcas, precios, usos y funciones; desde contadores de pasos que cuestan apenas unos dólares hasta relojes inteligentes cuyo precio supera los 400.

No todo lo que brilla en la pantalla OLED es salud

A pesar del optimismo tecnológico, los expertos advierten sobre el “reverso de la moneda”. Una de las críticas más agudas desde el sector de la seguridad del paciente es el riesgo de la sobreinformación sin contexto. Un dispositivo puede alertar sobre una frecuencia cardíaca elevada, pero carece de la capacidad de discernir si la causa es una patología, un estado de excitación emocional o el simple efecto de la cafeína.

Esta falta de interpretación clínica está dando lugar a fenómenos como la ortosomnia: el trastorno por el cual los pacientes sufren de insomnio debido a la ansiedad que les genera intentar alcanzar las métricas de “sueño perfecto” que dicta su reloj. En este sentido, el dispositivo deja de ser una herramienta de apoyo para convertirse en un juez que dicta el éxito o fracaso del día, ignorando a menudo las sensaciones subjetivas del propio cuerpo.

Además, aunque la tecnología avanza, muchos sensores aún presentan márgenes de error significativos, especialmente en mediciones de alta intensidad y poblaciones específicas. Un dato erróneo puede generar una alarma innecesaria o, peor aún, una falsa sensación de seguridad.

Privacidad y seguridad

Un punto crítico que separa la moda de la herramienta real es la gestión de los datos. La información que generan estos dispositivos es extremadamente sensible. ¿A dónde van esos datos? ¿Quién es el dueño de nuestra biometría?

Si estos datos caen en manos de compañías de seguros o empleadores, el beneficio de la monitorización podría verse eclipsado por la discriminación algorítmica. La seguridad no se trata solo de que el dispositivo no falle, sino de que la información recolectada no se use en contra del usuario.

Mientras que en un entorno clínico la seguridad del paciente está protegida por leyes estrictas, en el mundo de los wearables comerciales, la línea es más delgada. El riesgo de que esta información sea utilizada por aseguradoras o empresas de marketing para perfilar a los usuarios es una preocupación latente que la regulación actual aún intenta alcanzar.

Los wearables tienen el potencial de transformar la salud pública al fomentar un estilo de vida proactivo. Sin embargo, para evitar caer en el consumismo tecnológico, es vital mantener una mirada crítica.