La comunidad de inteligencia de EE.UU consideró que la ISIS-K (según sus siglas en inglés) podría -en el lapso de entre 6 y 12 meses- consolidar la capacidad de atacar territorio estadounidense, algo que hasta ahora solo logró Al Qaeda en 2001, y que no volvió a ocurrir en dos décadas, en las que la organización de Osama bin Laden quedó reducida a una sombra de lo que fue.
Esta futura capacidad de lanzar operaciones internacionales está relacionada de manera directa con la salida de las tropas de la OTAN de Afganistán, la toma del poder en ese país por parte de los Talibán, y el deterioro de las condiciones de seguridad.
La advertencia fue formulada ante el comité de Servicios Armados del Congreso por Colin Kahl, subsecretario de Política para la Defensa. Kahl también confirmó otra evidencia: que no está claro si los Taliban están en condiciones de combatir y derrotar de modo eficaz a esta rama del ISIS. Esa dificultad comenzó a verse ya en plena retirada de las tropas estadounidenses, cuando un ataque del ISIS K contra el aeropuerto internacional de Kabul causó la muerte de al menos 183 personas, incluyendo a 13 soldados norteamericanos.
El ISIS-K apareció en el escenario afgano en 2015, cuando la organización Estado Islámico estaba en su apogeo y controlaba importantes áreas en Siria e Irak. Entre sus filas, que suman alrededor de 3 mil combatientes, hay tanto afganos como pakistaníes. Operan principalmente en la provincia de Nangahar y en Kabul, aunque más recientemente extendieron sus ataques a Kunar, Pakti, Kunduz y Herat.
Hasta antes de la retirada estadounidense, el ISIS-K mantuvo vínculos con los Talibán a través de la red Haqqani. Pero en la actualidad están enfrentados: acusan a los actuales gobernantes de Afganistán de haber abandonado la jihad y el combate para congraciarse con la comunidad internacional y obtener legitimidad, asesorados por los gobiernos de Qatar y Pakistán.
La disputa se radicalizó a tal punto que los militantes del ISIS-K pasaron a considerar a los Talibán como apóstatas cuyo asesinato está avalado por su interpretación extrema de la ley islámica. Se agregan así a los objetivos constantes en Afganistán: minorías religiosas como los Hazaras, y shiítas en general, que han sufrido recientemente brutales atentados. Los blancos de sus ataques son indiscriminados: mezquitas, hospitales, escuelas, oficinas y mercados públicos.
Rusia entabló en las últimas semanas conversaciones sobre Afganistán con Estados Unidos, China y Pakistán, en vísperas de una reunión con los talibanes. Moscú considera el movimiento talibán como “terrorista”, pero dialoga con él desde hace años.
El propio presidente ruso Vladimir Putin manifestó la preocupación por las ambiciones y fuerzas de la milicia islamista radical y aseguró que una multitud de grupos “extremistas y terroristas” están activos en el norte de ese país asiático, incluyendo al EI, Al Qaida y el Movimiento Islámico de Uzbekistán.
El mandatario aseguró que, según información de inteligencia con la que cuenta el Kremlim “el número de combatientes del EI es de unos 2.000” y sus jefes preparan “planes para ampliar su influencia en los países de Asia Central y regiones rusas”.
Para ello, agregó, la milicia “atiza los conflictos étnico-confesionales y el odio religioso”, dijo Putin durante una cumbre virtual de los países de la CEI, organización de países exsoviéticos.
La perspectiva de que Estado Islámico utilice el territorio afgano como plataforma para lanzar ataques internacionales pone de manifiesto que los Talibán tendrán problemas para cumplir uno de los principales compromisos asumidos en los acuerdos de Doha: evitar que Afganistán se convierta en un refugio de grupos terroristas.
Desde el punto de vista de Estados Unidos, magnifica la amenaza de lo que muchos en Washington consideran un grave error de la administración Biden: la caótica salida de las tropas estadounidenses, lo que los privó de la posibilidad de recolectar información de inteligencia desde el terreno, y lanzar operaciones militares directas.
Por eso, según informó Kahl, Estados Unidos trabaja para establecer acuerdos en países vecinos de Afganistán que puedan albergar recursos militares que les permitan intervenir allí. Lo que equivale a empezar de cero, luego de una guerra de dos décadas que no pudieron ganar.