Rusia

“Día de la Victoria”: 81 años del fin del nazismo en Europa

Rusia conmemora un nuevo aniversario de la capitulación de la Alemania nazi. La gesta de 1945 permanece como pilar fundamental de la libertad europea.

“Día de la Victoria”: 81 años del fin del nazismo en Europa

El 9 de mayo, el llamado “Día de la Victoria” conmemora la rendición incondicional de la Alemania nazi ante la Unión Soviética en 1945, marcando el fin de la Gran Guerra Patria (como se le dice en Rusia) y la Segunda Guerra Mundial en Europa.

Este acto selló la derrota del fascismo tras la toma de la ciudad por el Ejército Rojo

La ocasión, una festividad mayor en Rusia y ex repúblicas soviéticas, está caracterizada por desfiles militares y homenajes a los caídos. Este año, Vladimir Putin celebró en la capital rusa con poco armamento militar y sin comunicaciones.  Los pocos veteranos sobrevivientes, sus descendientes y muchos sectores de la población, se adhirieron los días previos, con festivales, exposiciones y eventos culturales y recordatorios.

El gigante que despertó en el Este

Para entender la importancia del 9 de mayo, es imperativo mirar hacia atrás, a las llanuras rusas y las ruinas de las ciudades soviéticas. Mientras que en el frente occidental la guerra se libraba con una logística impecable y avances estratégicos, en el Frente Oriental la lucha fue una guerra de aniquilación.

Cuando Adolf Hitler lanzó la Operación Barbarroja en junio de 1941, su objetivo era la conquista territorial, pero también la erradicación de un sistema y un pueblo. Sin embargo, el dictador alemán cometió el error histórico de subestimar la capacidad de sacrificio de los soldados y civiles soviéticos.

Solamente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) perdió 27 millones de vidas -un 14% de su población de entonces- para poner fin a la barbarie nazi.

En la Resistencia de Moscú, la Batalla de Stalingrado y el Sitio de Leningrado murieron cerca de siete millones de soviéticos, más que en todo el frente occidental de la Segunda Guerra Mundial.

El Ejército Rojo, inicialmente desorganizado y golpeado por las purgas de los años 30, se transformó en una maquinaria de guerra sin precedentes. Desde la defensa numantina de Brest, pasando por el asedio de Leningrado,donde el hambre mató a más de un millón de civiles sin que la ciudad se rindiera, hasta llegar a las puertas de Moscú, el Ejército Rojo presentó un muro contra los alemanes.

Stalingrado, punto de inflexión

Si hay un nombre que define el cambio de marea en la Segunda Guerra Mundial, es Stalingrado. Entre agosto de 1942 y febrero de 1943, el mundo estuvo atento a la batalla en esa ciudad soviética (hoy Volgogrado), la más sangrienta de la historia de la humanidad.

En sus ruinas, el Ejército Rojo perfeccionó el arte de la guerra urbana. Sus hombres lucharon por cada sótano, cada alcantarilla y cada ladrillo. La victoria soviética en el Volga no solo destruyó al VI Ejército alemán, sino que rompió el mito de la invencibilidad nazi.

A partir de este momento, el Ejército Rojo dejó de ser una fuerza defensiva, y marchó sin descanso hasta llegar a Berlín. La Batalla de Kursk, el mayor enfrentamiento de tanques de la historia, consolidó esta ofensiva, demostrando que la superioridad tecnológica alemana (con sus Tiger y Panther) no era rival para el coraje de los soviéticos.

La liberación de Europa

Los historiadores militares coinciden en que, para cuando los aliados pisaron las playas de Francia en junio de 1944, el Ejército Rojo ya había destruido a la mayor parte de las divisiones de la Wehrmacht.

La Operación Bagration*, lanzada casi simultáneamente con el Día D, fue una ofensiva de proporciones titánicas. En apenas unas semanas, las fuerzas soviéticas aniquilaron al Grupo de Ejércitos Centro alemán, liberando Bielorrusia y entrando en Polonia.

El 27 de enero de 1945, los soldados soviéticos abrieron las puertas de Auschwitz-Birkenau. Lo que encontraron allí (hombres y mujeres convertidos en esqueletos vivientes, cámaras de gas y hornos crematorios) cambió para siempre la conciencia moral de la humanidad

En abril de 1945, el destino de la Alemania nazi estaba sellado. El Ejército Rojo, bajo el mando de los mariscales Gueorgui Zhúkov e Iván Kónev, rodeó la capital del Reich. La Batalla de Berlín fue un enfrentamiento feroz, calle por calle, donde los restos del ejército alemán, incluyendo niños y ancianos, intentaron frenar lo inevitable.

La imagen icónica de dos soldados soviéticos izando la bandera roja con la hoz y el martillo sobre el Reichstag humeante se convirtió en el símbolo universal del fin del fascismo.

Finalmente, en la noche del 8 de mayo de 1945 (ya 9 de mayo en Moscú por la diferencia horaria), el mariscal Wilhelm Keitel firmó la rendición incondicional ante los representantes de las potencias aliadas, con Zhúkov a la cabeza. La pesadilla de doce años del Tercer Reich había terminado.

Hoy quedan pocos sobrevivientes de aquella epopeya. Los centenarios que aún lucen sus medallas con orgullo en los desfiles son los últimos testigos directos.