
Roncan, duermen con la boca abierta, se despiertan cansados o encadenan una angina tras otra. Para muchas familias, ese cuadro termina en una pregunta que genera miedo: ¿hay que operarlo? Los especialistas aclaran que la respuesta no es automática y que, en la mayoría de los casos, el agrandamiento de las adenoides y las amígdalas no requiere cirugía.
Las amígdalas y las adenoides son tejido linfático, parte de las defensas del organismo. Funcionan como un puesto de control a la entrada de las vías respiratorias: atrapan virus y bacterias que ingresan por la boca y la nariz y ayudan a producir anticuerpos. Las amígdalas se ven a ambos lados de la garganta cuando el chico abre bien la boca. Las adenoides, a las que muchos llaman “vegetaciones”, están ocultas en el fondo de la nariz, detrás del paladar, por lo que no se ven en una revisión común.
Su tamaño máximo se da entre los 2 y los 6 años, según explicó la otorrinolaringóloga Ana Cofré, directora del Centro Patagónico de Otorrinolaringología. Después, las adenoides suelen encogerse a partir de los cinco años aproximadamente y, por lo general, desaparecen durante la adolescencia, según la organización estadounidense Nemours KidsHealth.
Por qué crecen más de lo habitual
Que estén grandes no siempre es un problema. Pero pueden agrandarse de más por infecciones, alergias, irritantes ambientales y, posiblemente, reflujo. La etapa del jardín y la escuela, con su constante intercambio de virus, también influye. El inconveniente aparece cuando el tamaño obstruye la respiración y el sueño, o cuando las amígdalas se infectan una y otra vez. Son dos escenarios distintos, con criterios diferentes para evaluar la cirugía.
La mayoría de los agrandamientos no da síntomas. Los especialistas recomiendan consultar si aparecen, sobre todo de forma persistente:
- Ronquidos frecuentes, con pausas en la respiración durante el sueño.
- Respiración por la boca como hábito, de día y de noche.
- Voz tapada, como de resfrío permanente, y mal aliento.
- Sueño inquieto, con despertares, y cansancio o irritabilidad durante el día.
- Dificultades de atención o de rendimiento escolar.
- Otitis a repetición, líquido en el oído o sensación de que el chico no escucha bien.
- Sinusitis frecuentes, sangrados de nariz o tos.
- Poco apetito o dificultad para aumentar de peso.
- En algunos casos, que el niño vuelva a mojar la cama.
La apnea obstructiva del sueño es lo que más preocupa. El chico deja de respirar por unos segundos, baja el oxígeno en sangre y se despierta muchas veces sin que nadie lo note. Al día siguiente suele estar agotado y con dificultades para rendir. En casos poco frecuentes, puede comprometer el corazón y los pulmones.
El diagnóstico empieza con una charla detallada con la familia y un examen de garganta y nariz. Para ver las adenoides, el especialista puede usar un tubo flexible con cámara que se introduce por la nariz, o pedir una radiografía. Cuando hay dudas sobre la necesidad de operar, o en niños con mayor riesgo, puede indicarse un estudio del sueño (polisomnografía), considerado la prueba de referencia para confirmar y medir la gravedad de la apnea. No todos los chicos lo necesitan.
Cuándo se indica la cirugía
Antes de pensar en el quirófano, se trata la causa. Si hay alergia, se usan corticoides en aerosol nasal o antihistamínicos; si la infección es bacteriana, antibióticos. Cuando eso no alcanza, se evalúa la operación.
Hay dos grandes motivos para indicarla. El primero es la obstrucción respiratoria con apnea del sueño: según las guías internacionales, en esos casos la cirugía es el tratamiento de primera línea. El segundo son las anginas de repetición.
Cada episodio debe estar bien documentado: dolor de garganta acompañado de fiebre superior a 38,3 °C, ganglios inflamados en el cuello, placas en las amígdalas o un test positivo para estreptococo.
Por eso los médicos recomiendan que las familias anoten fechas y síntomas. Por debajo de esas cifras, la indicación habitual es observar. Aun así, no se trata de una regla rígida: la decisión es siempre individual y considera la edad, la intensidad de los síntomas y el impacto en la vida del chico.
Hay una aclaración importante que repite Cofré: la operación no hace que el niño tenga menos resfríos ni menos tos. Resuelve otros problemas, como la obstrucción, la apnea y las infecciones de garganta repetidas.
Cómo es la operación y la recuperación
La cirugía se realiza bajo anestesia general, a través de la boca, sin cortes en la piel ni cicatrices visibles. Suele ser ambulatoria: el chico ingresa por la mañana y vuelve a su casa durante el día, aunque algunos pasan la noche en observación. Cofré indicó que se programa al menos dos semanas después de cualquier infección.
La recuperación depende de qué se extirpe. Con las adenoides lleva dos o tres días de molestias leves, como dolor de garganta, moqueo, respiración ruidosa o mal aliento. Si se sacan las amígdalas, el dolor al tragar puede extenderse hasta dos semanas.
En los primeros días se recomienda reposo relativo, mucha hidratación y comidas blandas y frías, como gelatina, puré o sopa, además de los analgésicos que indique el médico.
Como toda cirugía, tiene riesgos, entre ellos hemorragias, infecciones y problemas con la anestesia, aunque la mayoría de los chicos no sufre complicaciones graves. El sangrado es poco frecuente, pero si aparece en las primeras 24 horas o alrededor del séptimo día, hay que ir a la guardia sin demora.
También corresponde consultar de inmediato si el niño sangra por la nariz durante más de diez minutos, vomita sangre o tiene fiebre, dolor o rigidez de cuello, o se niega a beber.