Asia

De la vida real al algoritmo: trabajadores indios documentan sus tareas para alimentar a la IA

Con pagos de entre 0,50 y 1,25 dólares la hora, miles de indios generan los datos con los que se entrena la inteligencia artificial. Las empresas venden esas imágenes a laboratorios de robótica, mientras crece la duda sobre quién controla el negocio y su impacto en futuros empleos.

De la vida real al algoritmo: trabajadores indios documentan sus tareas para alimentar a la IA

Mohammed Ashim lleva cuatro años cortando el pelo y perfilando barbas en Bengaluru, pero desde hace poco trabaja con una cámara atada a la frente. Tiene 22 años, la usa entre cinco y seis horas por día y debe cuidar que sus manos queden siempre dentro del encuadre, que la luz sea buena y que no incline la cabeza de golpe.

Los rostros de sus clientes se difuminan. Lo que queda es un registro minucioso de cómo una persona con oficio maneja una navaja, material que una empresa local vende después a compañías tecnológicas y centros de investigación para entrenar inteligencia artificial.

Ashim es uno de los cientos de miles de trabajadores en el mundo a quienes se les paga por filmar lo que hacen, según un reporte de la BBC. Las imágenes sirven para desarrollar la llamada IA física, sistemas pensados para controlar robots en entornos reales.

A diferencia de los modelos de lenguaje, que aprendieron de textos e imágenes ya disponibles en internet, estos sistemas necesitan algo que nadie había archivado: cómo se mueven los dedos, las muñecas y los codos, y cuánta fuerza hace falta para sujetar una botella de plástico sin aplastarla o un vaso de acero sin que se caiga.

Manish Agarwal, fundador de Humyn Labs, sostiene que ese material no existe y que debe grabarse desde cero, en lugares y contextos variados.

El negocio funciona con intermediarios. Rashdan Technologies, que cuenta con Shahil Baig como cofundador y director ejecutivo, recibe pedidos de laboratorios y empresas de robótica que buscan tareas industriales, agrícolas, domésticas o de pequeños oficios como la alfarería, el bordado o la fabricación de velas.

Paga entre 5 y 10 dólares por ocho a diez horas de trabajo grabado, lo que equivale, según el cálculo de esta nota, a entre 0,50 y 1,25 dólares la hora. Baig considera que para muchas personas esa suma es significativa.

Humyn Labs, con sedes en Bengaluru y San Francisco, dice tener 96.000 recolectores en América Latina y el sudeste asiático, y se ocupa de filtrar las horas de video, etiquetarlas y empaquetarlas para sus clientes.

Consentimiento y precio

Las condiciones de la tarea ya están cambiando. Según Baig, los compradores piden ahora entre cuatro y seis cámaras alrededor de la cabeza para registrar toda la escena y no solo las manos.

Reconoce que convencer a alguien de usar una cámara es una conversación y que convencerlo de ponerse algo parecido a un casco de cinco cámaras es otra, mucho más difícil, y que por eso esa modalidad se paga más.

La empresa asegura que busca el consentimiento de los participantes, que difumina los rostros cuando las cámaras captan más que las manos y que no entrega nombres ni datos de contacto.

Se trata de declaraciones de la propia compañía, que no precisan qué derechos conservan los trabajadores sobre sus imágenes, durante cuánto tiempo se usan o quiénes son los compradores finales.

Los testimonios de los trabajadores muestran motivaciones distintas.

Mohammed Arman, que lleva diez años en la industria textil de Bengaluru y mantiene a su familia en Bihar, resume su decisión en una palabra: supervivencia. Hace las mismas tareas de siempre y cobra algo más por hacerlas frente a una cámara.

Jolly Arifur, profesora de ciencias de Guntakal, graba hace siete meses sus tareas domésticas entre tres y cinco horas por día, a razón de entre dos y tres dólares la hora, porque el trabajo es compatible con el cuidado de su hijo pequeño.

¿Entrenar al reemplazo?

La pregunta de fondo es si estos trabajadores están enseñando a máquinas a reemplazarlos. Bino Paul, profesor del Tata Institute of Social Sciences de Mumbai, dice que todavía es pronto para saberlo: la IA puede ser una herramienta útil para algunos y los robots podrían automatizar otros empleos.

Advierte, sin embargo, que si eso ocurre los trabajadores tendrán poco margen de acción y que, cuando comprendan en qué participaron, quizá sea tarde. Por eso reclama que los gobiernos regulen la inteligencia artificial y la traten como un sistema sociotécnico, no solo como una cuestión técnica.

En India, algunas compañías creen que surgirán empleos de entrenamiento y supervisión, mientras que especialistas y organismos públicos advierten que habrá ocupaciones reemplazables si no se implementan políticas de adaptación y capacitación.

India funciona hoy sobre todo como proveedor de materia prima: sus trabajadores graban y el material se envía a laboratorios en el exterior. Ese trabajo perderá valor rápido,  a medida que más empresas compitan por los contratos, y los empresarios del sector esperan decenas de competidores nuevos en el país.

En abril, Los Angeles Times describió a operarios de Karur, en el sur de India, doblando toallas mientras sus movimientos se registraban en primera persona, y que cientos de personas en Estados Unidos graban tareas domésticas con el mismo fin.

Quienes aportan el insumo, con sus manos y su experiencia, cobran por hora y no participan de las decisiones sobre el destino de sus imágenes ni sobre el uso que se les dará. Las empresas que explican el negocio son, en su mayoría, las mismas que lo sostienen, y los clientes que compran los datos no hablan.

Mientras la demanda de movimientos humanos crece, ese reparto del valor es el interrogante central.