
La cancha de Juan Agustín García y Boyacá. 1976. Tarde de miércoles. Argentinos-Talleres.
Bajo el sol primaveral, once jugadores de Argentinos Juniors ingresaron a su cancha para enfrentar a Talleres de Córdoba por la octava fecha del Nacional sin darse cuenta de que un rato después entrarían en la historia.
Hacia las cuatro y media de la tarde, mientras en las tribunas se comentaba lo bien que jugaban los cordobeses, en el vestuario local el entretiempo se iba entre lamentos y silencios. Argentinos perdía 1 a 0 y todos miraron a un chiquilín de pelo largo y enrulado que parecía no tener nervios en el pellejo. Juan Carlos Montes, el entrenador, le preguntó lo que el resto de jugadores sabía que le iba a preguntar:
–Nene, ¿te animás?
–Sí –sonrió el nene.
–Bueno, entrá, jugá y la primera pelota que agarrás, tirá un caño.
El chiquilín se puso de pie, se alzó los pantaloncitos hasta el ombligo porque le quedaban demasiado largos y esperó la señal del capitán del equipo para ir rumbo al campo. El chiquilín tenía quince años, once meses y veinte días. Era Diego Arfmando Maradona. Era el jugador más joven en la historia del fútbol argentino.
Los once titulares de aquella tarde tenían claro que en algún momento el pibe de Villa Fiorito reemplazaría a uno de ellos. Sólo el arquero Munutti y los cuatro defensores respiraban más aliviados porque la inexorable ley del cambio bien hecho los protegía: volante que entra reemplaza a volante o a delantero.
Con el 16 en la espalda Maradona reemplazó a Rubén Giacobetti.
En su primera jugada aquel “Pelusa” de Villa Fiorito le tiró un caño a Juan Cabrera y al término del partido que los cordobeses ganaron 1-0 fue aplaudido por ambas parcialidades, que parecían saber que se terminaba la promesa y comenzaba el mito.
