Compartimos un cuento de Ivón González, escritora y artista de la República Oriental del Uruguay y radicada en Buenos Aires desde hace varios años.
David y yo estábamos solos ese día, desde que nos conocimos, hacía una semana. Mi amiga Silvia estuvo siempre con nosotros en la playa, pero esa mañana se fue a caminar; era el último día en el balneario y todos queríamos aprovechar las pocas horas que nos quedaban hasta la salida del ómnibus.
La mañana era espléndida, una brisa suave acompañaba al sol de las ocho. Habíamos caminado con Silvia durante un trayecto de su recorrido por la rambla y nos volvimos para bajar al mar. David eligió otra playa, anterior a la que solíamos ir y nos preparamos para tomar sol: me puso en el cuerpo su crema de protección solar y yo hice lo mismo con él.
Nos dedicamos a mirar a los surfistas que gastaban una gran energía contra las olas medianas hasta llegar al sector donde el océano se elevaba en enormes ondas y, al romper contra las rocas, se desintegraban en millones de algodones lechosos desgastando las piedras.
Hablábamos con dificultad, ya no tanto como el primer día, mi inglés es casi nulo y David no sabía una sola palabra en castellano; mezclábamos con francés, él recordaba alguna palabra de lo estudiado en el colegio. Así llegamos a entrelazar historias.
Nos conocimos algo; en el momento del sexo la cosa era muda, era poco lo que podíamos hacer en mis escapadas a su habitación: era una promesa para cuando estuviéramos en Buenos Aires. Mi regreso significaba volver al trabajo y a mi vida habitual, él se quedaría diez días en la Capital y continuaría su derrotero por América Latina.
Los surfistas seguían en sus juegos y yo observaba cómo se vestían al borde del mar y se dirigían a un sector contra las rocas y de allí, acostándose en las tablas, nadaban para encontrarse con las crestas de las olas más altas.
El sol ya me había calentado y serían las nueve y media de la mañana de ese primer martes de enero. David llevaba consigo todo su dinero y las múltiples tarjetas que distribuía en la billetera y en el porta valores de cintura, se quedó cuidando sus bienes y le digo “ai gou tu de guoter”.
Caminé por el borde del agua fría para acostumbrar mi cuerpo al contraste de temperaturas y entré al agua, de costado cada vez que una ola rompía contra mí. Decidí zabullirme cuando el agua tocó mis rodillas, las olas eran fuertes y me gustaba el juego: me levantaba arreglándome la bikini y me zambullía cuando volvían las olas.
Habrá sido en la tercera zambullida cuando estiré los brazos para nadar y luego quise pararme para seguir jugando: no hice pie. Me impresioné y nadé hacia la orilla, intenté pararme nuevamente y tampoco hice pie. Volví a nadar viendo que estaba muy cerca de la arena y tampoco hice pie y ya el pánico se quiso apoderar de mí, ¿cómo era posible que no pudiera hacer pie tan cerca de la orilla?
Me metí en un pozo, tengo que salir de este pozo y las brazadas eran ya sin ritmo. Me di cuenta de que estaba actuando la desesperación y vino a mi cabeza el recuerdo de una experiencia similar de mi madre, hice como ella: dejé de nadar pecho y me puse de espaldas, me entregué a mi Dios permisivo y me dirigí hacia la orilla.
Escupiendo agua que las olas me llevaban a la boca cerré los ojos mientras los latidos aumentaban su ritmo y en flashes me ví en el hospital internada y la mujer secuestrada, “chupada”, gritaba frente a mi habitación desde su cama. Las olas no me dejaban avanzar. La chupada gritaba con una boca desdentada en alguna parte, decía que no volvería allá, no volvería allá, y yo nadaba de espaldas escupiendo agua y tratando de relajarme, tanto gritó que nos sedaron a todas las parturientas, la sal me ahogaba y tosí hasta las arcadas.
Al otro día ya no estaba la mujer ni toda la policía que la custodiaba, el agua me cubría los ojos y las neblinas me envolvieron; mi beba nació, no puedo ahogarme imploraba y recordaba que conocí a la beba que aquella mujer había dado a luz, la llamé Rulitos, era tan bella, indescriptible, como el sol y su luz que se filtraba entre mis párpados entreabiertos: quiero ver el cielo, no quiero morir, no quiero morir.
Seguí nadando con los brazos hacia la orilla, Rulitos pestañaba su hermosura de ojos celestes en la cunita; las olas eran más fuertes y mis brazadas disminuían. Nunca más supe nada de Rulitos, debía encontrarla, era mi deber hacerle conocer su origen, Rulitos habrá cumplido veinticuatro años igual que mi hija, hermosa Rulitos.
Me atragantó el agua y no pude poner mi quilla en orden, estaba desconcertada, abrí los ojos, sólo agua, olas y espuma; me esforcé por respirar bien, procuré calmar la tos y de golpe sentí que la desesperación se transformaba en una locura que me hizo perder el control, locura no, no, no.
Loca me querían aquellos hombres y mujeres de mi barrio mirándome fijamente, intimidándome, aparecieron entre la espuma de sal, eran vecinos que durante dos años quisieron desestabilizarme con sus miradas, llamados telefónicos mudos, seguimientos y limitación de todos mis actos, fue un complot, esta agua se ha complotado contra mí, debo enderezarme, respirar, tranquilizarme, hacer la plancha, no hundirme.
Un complot en el barrio, personajes lúmpenes con la ayuda del portero alcóholico de mi edificio, no tengo aire me ahogo, me ahogo, no, no.
Amenazaron a mi hija y yo luchaba, luchaba como ahora con esta mole atlántica, luchaba yendo a la policía, a la justicia, a todas partes , terminaron haciéndome un juicio por insanía, me obligaron a medicamentos, casi me internan en un neuropsiquiátrico, mi hija se opuso porque a ella también le hacían lo mismo y luchó también, su juventud la llevó con el padre y mi dolor fue un pozo insondable y es este el pozo en el que estoy metida y del que no salgo, ¿cuándo llegaré a la arena?
Qué dolor, mi hija se fue, cuánto mutismo, y yo muda, sola contra las olas me decía ¿dónde están los surfistas? Es demasiado grande este pozo. ¿Cómo es que no salgo? No salgo, no, respirar, estirarse, relajarse, me costó dos años recuperarme y salir de aquellos psicofármacos, volví a trabajar gracias a un buen amigo; muy tarde se cerró el juicio de insanía luego de entrevistas con médicos y psicólogos forenses, esta agua puta no me vencerá, no puede ser, no, no.
“Ud. está tan loca como nosotros” me dijo la jueza; loca me querían y no lo lograron esos hijos de mil puta que se decían democráticos desde el partidismo barrial, yo defendía a las criaturas maltratadas, golpeadas, quemadas, insultadas que vivían al lado de mi edificio en una casa usurpada los padres traficaban cuanto podían, criaturas que lloraban aterrorizadas, en la calle eran como indiecitos desconfiados y atrevidos.
No lo lograron. Todos debieron abandonar el barrio, tenemos otro portero, pero ahora el mar me arrastra y se me quiere meter en el cuerpo, tanta sal , mis ojos arden, ¿dónde estoy? Loca, no. Me costó como esto, tengo que salir, debo salir, ¿dónde estoy? ¿Por qué no aparece la arena? Tengo ganas de descansar, cuánto hace que estoy aquí, tengo que respirar y lentamente sacar el aire, relajarme, relajarme y gozar, eso, hay que gozar, acordarse de un orgasmo, sí, relajarse, dejarse llevar, sí, no luchar, distenderse, eso, lentamente.
“Dame la mano” escuché, miré para la izquierda y ví a un muchacho y pensé que un surfista me había rescatado, me agarraron de la derecha, algo duro choca con mi mano, veo que es un salvavidas. “Andá a hacer pié” dice el de la izquierda y yo pienso que no he movido las piernas para nadar o que lo olvidé, y entiendo que me vinieron a rescatar y me llevan, gracias, me llevan de la mano.
“Levantate, ya podés hacer pie” me dicen, me paro, estoy aturdida, son dos, uno de cada mano me sostienen y me llevan a la playa, me metí en un pozo digo. Sabés nadar, ¿estás bien? Me atienden, toso, trato de enderezarme, no quiero soltar las manos. Erguida veo a la gente que me mira, estamos en la arena, agradezco a los guardavidas, me entregan a David que me toma de la mano. Le pregunto a David dónde había ido a parar yo, que no podía salir. No sabía, no me había visto, estaba observando a los argentinos. Me seca y me ayuda a sentarme sobre el murallón. Yo hablo, hablo, pregunto, explico con mis veinte o treinta palabras inglesas, David no sabe, me consuela, escucha, el corazón late fuerte y me acaricia.
Los guardavidas tocan el silbato continuamente, la gente va abandonando el agua, sólo los surfistas en las olas; el sol brillante, intenso, calienta agradablemente y pasa el tiempo, se acerca la hora de irnos
¿cómo era tan temprano si yo estuve tanto tiempo en el mar? Nos fuimos caminando por la arena mojada.
Los guardavidas habían estado en la otra playa y me estuvieron observando, veían que sabía nadar y esperaron, me había metido en un canal subterráneo, pero cuando comprendieron que estuve a punto de salir y no lo logré (con un poco más de fuerza hubiese salido) vinieron a sacarme. Me dijeron que lo hice bien. Los besé, les agradecí.
Nos fuimos a beber, David una cerveza, yo dos cafés cortados, ya en el hotel los comentarios del accidente fueron irremediables, yo no podía dejar de hablar del hecho y mi amiga se dio un susto de primera, cómo podía ser, justo el día en que ella no estaba. Armamos los bolsos, llegó la hora, tomamos el ómnibus y partimos para Buenos Aires. Llegamos a la noche, dejamos a Silvia en su casa, cuatro cuadras más adelante bajé yo y le indiqué al chofer la dirección del hotel de David, la llevaba en un papelito junto con mi teléfono.
Me ayudó a bajar el bolso, me dio un beso, quiso acompañarme y le agradecí, se fue en el taxi. Yo entré al edificio, luego a mi departamento y en el suelo sujeto con una ruedita de mármol estaba el sobre que le dejé a mi hija. Solté el bolso y sabiendo lo que le había escrito no pude evitar abrirlo y leerlo.
Estaban todas las indicaciones para un supuesto caso de accidente o, en su defecto, de muerte: dinero, documentos, números telefónicos, etc., además le hablaba de mi amor por ella y pedía se donaran mis órganos y me cremaran y tiraran mis cenizas al mar. Una mezcla de amor, de miedo, alegría y agradecimiento a mi Dios me invadió y recordé que en ningún momento había pedido auxilio ¿por qué?, y no había usado las piernas para nadar, ¿era verdad? ¿Por qué no había gritado socorro?
Comentarios
ivón dijo: Gracias Salvador Pliego
Salvador Pliego dijo: Buenas interrogantes en el cierre. Nos quedaremos con la duda. Un placer leerte. Saludos
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ivón dijo: Gracias Salvador Pliego
Salvador Pliego dijo: Buenas interrogantes en el cierre. Nos quedaremos con la duda. Un placer leerte. Saludos